El 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Marian Andrés, colaboradora de nuestra red de formadoras reflexiona sobre esta temática desde su experiencia personal y como representante de las mujeres con grandes necesidades de apoyo del Movimiento ASPACE.
Marian es emprendedora social, busca desarrollar sus habilidades y conocimientos en entornos empresariales inclusivos, así como co-liderazgo de ideas Innovadoras que mejoren la calidad de vida de las personas. Socia Cofounder de GAMAN DIVERSIDAD E INCLUSIÓN SL. Se considera una mujer en constante aprendizaje con capacidad de adaptación a la que le gustan los retos y no ponerse límites, por eso en sus ratos libres participa en obras de teatro y monólogos, haciendo activismos desde el humor. Además, Marian colabora en la red de formadoras de Confederación ASPACE y fue una de las mujeres que participó en la elaboración de la guía 'Recursos educativos para la prevención, detección precoz y abordaje de las violencias sexuales en mujeres y niñas con parálisis cerebral' y que se presentó en 2024.
A veces me pregunto: ¿cuántas veces he sido tratada con condescendencia, infantilizada o silenciada sin que nadie lo haya visto como violencia? La sociedad ha normalizado tantas formas de agresión hacia mujeres como yo que hemos aprendido, incluso, a dudar de si tenemos derecho a nombrarlas. La violencia no siempre llega con golpes. Puede venir en forma de decisiones tomadas sin consultarnos, de cuerpos manipulados sin consentimiento, de la negación de nuestra sexualidad, de la exclusión sistemática de los espacios donde se debate sobre derechos.
La violencia más grave, para mí, es la que ejerce el sistema en el que vivimos. Ese sistema que nos mide por lo que no podemos hacer, en lugar de por lo que somos. Que decide por nosotras, que opina sobre nuestros cuerpos, que nos impone una vida “protegida” pero sin libertad. Se habla mucho de autonomía, pero pocas veces se entiende que la autonomía no consiste en hacer todo sin ayuda, sino en poder elegir. Elegir cómo, cuándo y con quién quiero vivir, amar, sentir o decidir.
Nosotras no solemos ser reconocidas como víctimas de violencia porque nuestro agresor, muchas veces, no es nuestra pareja. Puede ser un familiar, un cuidador, un profesional de un centro o incluso una institución entera. Son violencias cotidianas, sutiles, normalizadas, difíciles de denunciar porque se esconden bajo el manto de la “protección” o del “cuidado”. ¿Cómo explicarle al mundo que el exceso de tutela también puede ser una forma de violencia?
Cuando tienes parálisis cerebral, la sociedad asume que tu cuerpo no te pertenece del todo. Desde pequeña he sentido cómo las decisiones sobre mi cuerpo pasaban de mano en mano: médicos, terapeutas, familiares, docentes… Todos opinando, todos “sabiendo lo que es mejor para mí”. Pero muy pocas veces alguien me preguntaba qué quería yo. El sistema capacitista nos roba la posibilidad de desear y de ser deseadas, de tener voz sobre nuestra propia sexualidad, de ser vistas como mujeres y lo que implica.
Y todo esto ocurre en un mundo donde ya nacer mujer implica una serie de expectativas y límites. Desde antes de nacer, el cuerpo se etiqueta: “niña” o “niño”. Dos sílabas que marcarán el camino de toda una vida. A esa carga cultural se le suma la mirada que juzga los cuerpos no normativos. Si eres una mujer con parálisis, tu cuerpo deja de ser leído como cuerpo de deseo y pasa a ser visto como cuerpo asistido. Un cuerpo que inspira ternura o lástima, pero raramente respeto o atracción.
Nos enseñan que hay un modo “correcto” de ser mujer: moverse con elegancia, hablar suavemente, cuidar a los demás, sonreír. Pero ¿qué ocurre cuando tu cuerpo no responde a esos códigos? Cuando tu forma de moverte o de hablar rompe el molde, la sociedad no sabe dónde colocarte. Te vuelves “otra”, “fuera de lugar”. Te miran como si tu mera existencia desestabilizara las normas. Y, en efecto, las desestabiliza. Porque demuestra que los cuerpos no normativos también son válidos, también sienten, también aman, también sufren violencia.
Me gustaría que en este 25 de noviembre no se hablara solo de golpes o asesinatos, sino también de esa violencia estructural que nos rodea. De la falta de accesibilidad en los servicios de atención a víctimas, de la ausencia de intérpretes, de la poca formación del personal en perspectiva de discapacidad, de la falta de políticas públicas que entiendan que la violencia hacia las mujeres con parálisis cerebral tiene particularidades propias.
La educación sexual, por ejemplo, debería ser un derecho fundamental para todas las personas, incluidas las mujeres con parálisis cerebral que casi nunca se nos enseña sobre consentimiento, placer o afectividad. Se nos trata como si fuéramos eternas niñas, negándonos la posibilidad de explorar nuestro propio cuerpo o tener relaciones amorosas. Y cuando alguien decide sobre tu cuerpo sin preguntarte, cuando te niegan el derecho al deseo, eso también es violencia.
Los medios de comunicación también tienen una enorme responsabilidad. Casi nunca muestran mujeres con parálisis como protagonistas de historias de amor, deseo o libertad. Si aparecemos, suele ser desde el dolor o la superación, pero no desde la plenitud. Necesitamos representación real, diversa, donde nuestros cuerpos sean parte de la vida cotidiana, sin paternalismo ni morbo.
Quiero una sociedad donde los espacios sean accesibles, donde los servicios de salud sexual estén adaptados, donde los programas de prevención de violencia incluyan a todas las mujeres, sin excepción. Pero, sobre todo, quiero una sociedad que nos escuche. Que nos vea no solo como sujetos de derechos, sino como mujeres con voz, con deseo, con sueños.
El 25 de noviembre no debería ser solo un recordatorio de las violencias que existen, sino también un compromiso colectivo para desmontar las estructuras que las permiten. Y el capacitismo es una de ellas. Porque cuando se decide por nosotras, cuando se nos niega la palabra o se nos infantiliza, también se nos violenta.
Hoy alzo mi voz no solo por mí, sino por todas las mujeres con parálisis que no pueden hacerlo, por las que aún creen que lo que les pasa “no es tan grave”, por las que siguen invisibles detrás de la etiqueta de “pacientes”.
Nosotras no queremos ser inspiración ni ejemplo de lucha. Queremos vivir con dignidad. Queremos decidir, equivocarnos, enamorarnos, desear, existir sin ser vistas como excepción. Queremos que se reconozca que nuestros cuerpos también son cuerpos políticos, y que nuestra libertad no depende de la mirada ajena.
Este 25 de noviembre, yo también digo basta. Basta de violencias que se disfrazan de cuidado. Basta de decisiones impuestas. Basta de invisibilidad. Porque la verdadera inclusión no consiste en hacernos un lugar en un sistema injusto, sino en transformar ese sistema para que todas podamos vivir libres y en igualdad.













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